12 de octubre de 2009

Carmen

Camino entre ellos:
-Le cuesta mucho llegar a algo, a ser alguien pobrecita. La otra es de inteligente...

Continúo sin responder, sin escuchar. Hay una puerta grande al final, me acerco despacio. Adentro está en penumbras pero hay luz afuera. Desde la puerta puedo ver un atardecer enorme y un horizonte.

Salgo.

Yo conozco ese lugar, ahora sé por qué volví. El recuerdo me entristece, me aniquila.

De pronto los árboles cobren vida, un viento fuerte los hace mover: hay sauces, ligustros y eucaliptos. Crecen, están vivos, nadie lo nota pero yo los veo crecer. Hay ropa en la soga, es sólo eso pero a mí se me da como los colores del viento.

Ahora el horizonte se acerca, cambia. Hay luces de autos, una ruta a lo lejos, es bello también. Cuál era el real? El atardecer se apaga, el horizonte se acerca y yo empiezo a entender.

Hay alguien cerca, tiene vida en los arboles, tiene voz en el viento y no se fue.

-Estás triste? Él me pregunta en tono burlón y una voz que es mía y yo sola puedo oír le responde:

- No estoy triste, no. Creí que venía a despedirme de alguien pero me llevo un paisaje vivo, un horizonte anocheciendo y colores en el viento.


Gracias por haberme abierto las puertas de esa biblioteca y de ese mundo, eternamente gracias y hasta siempre.

1 comentarios:

Damián Bacalov dijo...

Carmen es la persona que me enseño que hay cosas para disfrutar a cada edad y que no tiene sentido intentar recuperar aquello que no se disfrutó en su momento.