Ester vivía acá a dos cuadras, en Castelli y Jorge. Hace tiempo que no paso por ahí, sin embargo sé que esa esquina sigue exactamente igual. La casa de Ester la compró una pareja joven, pero no le cambiaron nada. En frente sigue la panadería "La Trencita" donde mi abuela compraba los cuernitos para el mate.
Mi abuela requiere un punto y aparte. Un par de enters tal vez. Y no es que lo que sigue vaya a explicar esa afirmación, todavía no llegué a la arrogancia de explicar a los demás o de convertirme a mí misma en un "personaje autobiográfico", pero sigamos:
mi abuela andaba siempre escapando de la casa. Nunca y por nada del mundo quería estar ahí y cualquier sitio era un buen refugio.
Yo a veces creía que era de nosotros de quienes escapaba, porque vivíamos en su casa.
Ah, esto amerita un paréntesis, vivíamos en SU casa, no en la misma casa. Ella siempre dejó bien claro que esa nunca sería la casa de todos mientras ella existiera, no importa en qué exilios se encontrara.
Así que cada tanto decía con un pie en la vereda :"me voy de Ester...", entonces yo corría a tironearle la pollera y le pedía: "puedo ir, me llevas?"
La casa de Ester no tenía nada de interesante, pero parece que yo compartía con mi abuela la vocación por las huidas a cualquier parte.
Con los años Ester y la abuela se pusieron muy viejas, Ester fue internada en un asilo y ya no siguieron siendo amigas: no habría más mate con cuernitos.
Ahora Ester ya no existe y mi abuela tampoco, no queda nada más que un post en un blog que no lee nadie y tal vez esa amistad no merezca más que eso. Pero esa esquina sigue ahí, sigue igual y eso me hace sentir bien.
No sé por qué me gusta pensar que hago dos cuadras y voy a lo de Ester.
22 de septiembre de 2009
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1 comentarios:
Tal vez nuestra casa sea la casa de Ester. O tal vez andás con ganas de escaparte otra vez ;)
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