Me escapaba para lo de mi abuelo (el mejor refugio que he tenido en la vida, no volví a encontrar uno igual) y escuché sus pasitos chapoteándo atrás: "vamos, vamos, yo te acompaño". La verdad que no necesitaba compañía, por eso huía, pero inútil discutir con mi abuela. Abrió el paraguas y me tomó del brazo, no para sujetarse (nuncca se sujetó a nada) sino para guiárme como un tanguero entre los charcos de lluvia que se formaban en la vereda de don Juan levantada por los paraísos.
Poema iba a ver la novela con la consuegra pero estaba arregladita como siempre. Como los ojos verdes hechiceros que tenía ya no eran los de antes el maquillaje dependía de su buena memoria (que tampoco era la de antes). Tenía un masacote de angel face en las mejillas, un abrigo marrón y una chalina beije. Me hablaba mucho, apurada como siempre, de una tal Ana que vivía por Rivadavia. Durante tanto tiempo escuché las historias de los Malvestiti y de otras familias que ya los conocía íntimamente aunque hubieran muerto antes que naciera yo. Eran sus amigos de la juventud, de cuando estaba recién casada con Miguel y ofrecían cenas con copas de cristal tallado. ( Una buena parte de ellas las rompió mi madre en uno de sus clásicos ataque de nervios). Supongo que por eso la escuchaba siempre con atención, aunque era chica sabía que yo era su puente entre el hoy y el ayer, un ayer dorado perdido sin remedio. Contármelo era la forma de volver, de convencerse de que algo había valido la pena en su vida. De su infncia no, nunca hablaba. Recordaba sólo lo que quería, como yo que vuelvo a esquivar los charcos de aquella luvia lejana aunque sé que no es la de hoy, aunque sé que Poema no era una dulce ancianita, sólo para creerme que algo bueno puedo encontrar aun en mi infancia.
29 de septiembre de 2008
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1 comentarios:
Creo que necesito unos mates. Esto no baja así nomás.
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